
Puntos de placer en el culo aparte, cabe reconocer que el siglo equis equis i, o lo que es lo mismo twenty one, nace con el tatuaje impreso de maricona recalcitrante. Hoy que los metrosexuales pueblan las aceras con el pasito simpático de aquél al que se le añora el sobaco, hoy que la sexualidad extrema de la feminista de trinchera ha digievolucionado a
microseno camionero, hoy mi escroto llora, compañeros (/as, lo sé). Entre tanta ambigüedad genital
mi corazón se vuelve gitano por ná, que diría Di Bari. Y en ésas estábamos cuando me reencuentro con nuestra infancia más
recóndita y hermosa, en la que soñábamos con
volar enfundados en
licra azul, recorrer planetas remotos a bordo de una reluciente aeronave futurista,
reventar cabezas con una escopeta de cañones recortados o barrer una selva de sudamérica con una
Gatling mascando tabaco.
Gears Of War ha llegado a las tiendas, lectores míos, y con él se me ha devuelto una porción de
regocijo subnormal que ya creía perdida. Y es que toda esa lectura adulta con la que he cerrado sesión estos últimos años, las páginas de
Kafka que han marcado las últimas horas del día, esa almohada impregnada de Pérez-Reverte o Matheson, todo eso casi me aniquila el
babeo ametrallador con el que me planté en la adolescencia. Ese acribillamiento implacable de
Clarence Boddicker y compañía con que desperté del letargo de la corrección política allá a mis once añitos en el Cine Picarol, aquel terrorista ruso al que
Chuk Norris hacía saltar por los aires con un puto Stinger en un pasillo (!) que inauguró el vocablo
"wual-la!" en mi vocabulario freak o aquel pobre jamaicano de ojos claros con el que
Steven Seagal reventaba una mesa de cristal poco después de
quebrarle los brazos a pelo son desde luego fechas egregias en mi calendario difícilmente superables sin sexo de por medio. Gears Of War ha traído todo eso y más de vuelta a los hogares de medio mundo. No es posible definir con palabras la sensación de volar un tarro alienígena con un fusil de francotirador o el cosquilleo vertebral que acompaña al desmembramiento por sierra cuerpo a cuerpo sin quedarse corto en epítetos. El juego de
EPIC nos sitúa en un futuro inventado en el que la raza humana ha destruido la tierra explotando todos sus recursos y una raza desconocida que habitaba el subsuelo del planeta, los Locust, ha emergido con ánimos muy
poco amigables y armada hasta las cejas. La jugabilidad no está demasiado cercana al
Tetris ni al
Brain Training, más bien estaría enfocada básicamente a masacrar antes de que te masacren, y por Dios que de masacre el juego va servido.
Cráneos que estallan, cuerpos que
se abren en canal al recibir un impacto directo y monstruos enormes que atraviesan la pared para después hacer casquería gratuita con algún pobre marine despistado y otras cosas preciosas hacen de
Gears Of War uno de los mejores juegos dentro de un género tan trillado como es el FPS que pueden encontrarse hoy en día, sino el mejor. El apartado gráfico es sublime, una auténtica pasada que se torna religiosa al combinarse con una
HDTV, entonces el juego ya trasciende todo lo conocido y te transporta al
orgasmo constante. Podría decir muchas más cosas a cerca de
GOW, pero lo resumiré en una expresión inglesa que se utiliza a menudo en las páginas especializadas de internet:
Instant classic, señores,
Instant Classic.